«La perfección es una jaula dorada: luce hermosa desde afuera, pero te asfixia por dentro.»
¿Alguna vez te has preguntado si ser «perfecta» puede convertirse en tu propia prisión? Esta es mi historia sobre cómo las etiquetas que otros ponen en nosotros pueden terminar por definirnos… hasta que decidimos romperlas.
Desde pequeña fui «esa niña». Ya sabes cuál: la de los dieces, la que nunca necesitaba estudiar, la que hacía que los profesores suspiraran aliviados cuando veían mi nombre en la lista. Era la niña aplicada, la que «seguramente tendría un futuro brillante», como decían todos los adultos a mi alrededor.
Y por mucho tiempo, creí que esa era mi identidad completa.
El peso invisible de las expectativas
Lo que nadie me dijo es que ser «la niña aplicada» viene con un precio que no aparece en ningún boletín de calificaciones. Aprendes rápido que tu valor está atado a tu desempeño. Que cuando fallas, no solo estás fallando en una materia o una tarea: estás fallando en ser quien se supone que eres.
«Tu identidad no puede depender de ser perfecta, porque nadie puede ser perfecto todo el tiempo.»
También aprendes algo más doloroso: que a las personas les molesta que alguien sea «mejor» que ellas. Mis compañeros de primaria me decían creída, que solo presumía mis calificaciones. En secundaria, me convertí en «la amiga de escuela» – esa que te ayuda con las tareas pero no es incluida en los planes del fin de semana.
Así que hice lo que muchos «niños aplicados» hacen: me volví invisible.
La máscara de la mediocridad
En preparatoria tomé una decisión que en ese momento me pareció inteligente: fingir que era mediocre. Me propuse mantenerme en un rango de notas donde mis compañeros pensaran que era «solo una nerd más» y mis padres no me hicieran drama por las calificaciones.
«Fingir ser menos de lo que eres es traicionarte a ti misma todos los días.»
Era agotador. Imagínate cargar con la capacidad de sobresalir pero fingir constantemente que eres menos de lo que puedes ser. Es como caminar en puntas de pie todo el tiempo: al principio no duele, pero eventualmente te destroza.
Cuando todo se desmorona
Llegó la universidad y por primera vez en mi vida, reprobé una materia.
Para alguien cuya identidad completa estaba construida sobre «ser buena en todo», esto fue devastador. Mi primer pensamiento no fue «esta materia es difícil» o «necesito una estrategia diferente». Mi primer pensamiento fue: «yo soy el problema».
«Cuando tu identidad se basa en ser perfecta, cualquier falla se siente como el fin del mundo.»
Entonces llegó una pérdida profunda que cambió todo mi panorama. De repente, las clases se volvieron un infierno y por primera vez entendí algo fundamental: la vida no es un examen que puedas pasar siendo «perfecta».
Los años de resistencia al cambio
A pesar de que esa pérdida me mostró claramente que no estaba donde debía ni quería estar, me resistí al cambio durante casi dos años. Seguí en ingeniería, convencida de que solo necesitaba «esforzarme más».
La batalla contra mi propia naturaleza
Por primera vez en mi vida tuve que estudiar como nunca antes. Dormía menos de dos horas al día para alcanzar las calificaciones que antes fingía tener. Era horrible sentir que, sin importar cuánto estudiara, no estaba aprendiendo casi nada. En algunos casos, mi retención era completamente nula.
«Perder la única cosa en la que siempre fuiste buena se siente como perder tu identidad completa.»
El ciclo tóxico de la autoculpa
Esos dos años estuvieron llenos de pensamientos destructivos:
- «Yo soy el problema»
- «No me estoy esforzando lo suficiente»
- «Solo debo estudiar más y todo mejorará»
Había perdido la única cosa en la que siempre fui buena: aprender sin esfuerzo. Y como nunca había tenido que estudiar realmente para algo, no sabía cómo hacerlo de manera efectiva.
El momento de la rendición (que fue en realidad una liberación)
Después de casi dos años de resistencia, finalmente tomé la decisión que hubiera aterrorizado a «la niña aplicada» que fui: dejé ingeniería.
No porque fuera incapaz. No porque fuera difícil. La dejé porque me di cuenta de que los momentos importantes no esperan y yo ya no estaba dispuesta a vivir la vida que otros esperaban que viviera.
«A veces, rendirse es el acto más valiente que puedes hacer.»
Entré a estudiar diseño – lo que realmente amaba – pero los problemas económicos me obligaron a dejarlo también. Fue otro golpe, pero esta vez diferente. Ahora no me estaba rindiendo por miedo al fracaso; me estaba adaptando a las circunstancias sin perder de vista quién realmente quería ser.
La libertad de ser imperfecta
Hoy me encuentro construyendo algo completamente nuevo. Sigo sin tener todas las respuestas. La perfección ya no es mi meta. Hay momentos en que las dudas llegan sin avisar.
Pero también tengo algo que «la niña aplicada» nunca tuvo: la libertad de ser humana.
«La imperfección no es un defecto, es tu permiso para ser real.»
He aprendido que está bien empezar sin estar listos. Que los errores no definen tu valor. Que puedes ser brillante y vulnerable al mismo tiempo. Que tu identidad es mucho más grande que cualquier etiqueta que otros pongan en ti.
Para todas las «niñas aplicadas»
Si te reconoces en esta historia, quiero que sepas algo: no tienes que ser perfecta para ser valiosa. No tienes que fingir ser menos de lo que eres para encajar. Y definitivamente no tienes que vivir la vida que otros esperan que vivas.
«Tu valor no está en tu boletín de calificaciones; está en tu coraje de ser auténtico en un mundo que te pide ser perfecto.»
Es aterrador salirse del guión. Es aterrador decepcionar a personas cuya aprobación hemos buscado toda la vida. Pero es aún más aterrador llegar al final de tu vida y darte cuenta de que nunca fuiste realmente tú.
La trampa de ser «la niña aplicada» es creer que tu valor depende de ser perfecta. La verdad es que tu valor es incondicional – existe simplemente porque existes.
Y eso, mi querida niña aplicada, es lo más perfecto de todo.
¿Te identificas con esta historia? ¿Has vivido la presión de las etiquetas perfectas? Me encantaría leerte en los comentarios. Recuerda: no estás sola en esto.

